El refugio del escritor

 La historia va sobre un tío acojonante, jodidamente mejor que yo y que cualquiera de vosotros. Un tío que dice lo que yo sólo pienso y hace lo que no me atrevo a hacer.

 Es de esos tipos que dominan todas las situaciones, el puto centro de donde quiera que esté. De los que atrae sin ni siquiera proponérselo y sin necesidad de tratamientos capilares o infructuosas tardes en el gimnasio. Joder… podría estar años intentándolo y no escribiría una frase mejor de lo que él habla.

Todos le desean y le temen. ¡Su jefe le teme! Y ese imbécil de contabilidad ya no se ríe, sólo le envidia mientras mordisquea su maldita colección de estilográficas.

En esta historia veo también a una chica. Se parece a alguien que yo conocía. Alguien con quién lo compartí todo. Sus mismos ojos, su sonrisa, su olor a vainilla… se parece tanto que podría llegar a pensar que es ella si no fuera porque ésta es una historia de ficción con personajes inventados.

Y esta chica está loca por el protagonista. Pierde el culo por él.

En mi historia es el tío el que decide cuando le descuelga el teléfono y cuando no. Y ella la que insiste y suplica y se arrodilla y llora desde la soledad del apartamento del Borne donde solíamos vivir… donde solían vivir ella y el protagonista, quiero decir, claro.

Le voy a dar uno de esos títulos comerciales formados por sustantivo más adjetivo terminado en “–al”, como DESESPERACIÓN TOTAL o ARREPENTIMIENTO MORTAL o ERROR FINAL, o quizás algo como JÓDETE MALDITA PUTA, qué sé yo…

Lo mejor de todo es que se escribió sola, de golpe, como escupida por una presa que llevaba meses conteniéndola. Mis manos aporrearon las teclas de la vieja Underwood que me regaló por nuestro tercer y último aniversario como si supieran de antemano cada movimiento que tenían que hacer, como una perversa guija liberadora.

La trama de la historia viene a ser como un chiste de esos recurrentes. Como ese que dice que van este tío, la chica y cualquiera de vosotros a cualquier lugar; y ese tío gana en el chiste.

Me encanta escribir estas historias.

Más tarde ya veré qué hago con la novela. No me hace falta releerla para saber que es brillante, de momento la voy a guardar en el cajón.

Y a llamarla de nuevo. Se va a morir de rabia cuando le cuente que voy a ser escritor.

El perverso monstruo de debajo de la cama (cómic)

La variedad se encuentra en todo, incluso en lo referente a tronos porcelánicos. Los hay nuevos, viejos, sucios, impolutos, rudimentarios o japoneses con neones y chorritos que surgen al ritmo de una musiquita de ascensor. Pero siempre, lo importante, es disfrutarlos por todos los medios.

Por eso hoy cambiamos de medio con una historia que para algunos resultará familiar. Espero la disfrutéis tanto o más en versión cómic.

 

 

Disculpen por la demora señores de Liebster pero uno no es muy dado a recibir premios y menos de gente tan querida.

Si, por gracia de El lado bueno de las cosas buenas recibí un Liebster Blog Award junto a otros cuatro blogs. Se trata de un premio de bloggees para bloggers con menos de 200 seguidores con el fin de difundir y dar a conocer.

Pero como dice Spiderman un gran poder acarrea una gran responsabilidad así que, después de comentar en el blog que me lo otorgó, debo seleccionar a otros 5 blogs que merezcan este premio. Allá voy:

Temedoy No se me ocurre un blog mejor para daros a aquellos que os guste dar.

Paella sin arroz De las peores orgías de la ruta del bacalao nació una criatura que me hace descojonar todas las mañanas.

Bsanches  Diseño y publicidad talentosos y adorables a partes iguales.

Cuentos lubricantes Cuentos de los de leer y tener que cruzar las piernas

El monstruo teta …mmm… me gusta…

Y porque no puedo devolver el premio que si no se volvía para el genial blog El lado bueno de las cosas buenas.

Gracias y a festejar!

Bonita historia de amor

Zanjado pues, el tema del auto y del apartamento. Nuestro apartamento, eso fue lo primero que debíamos comprar. Tenía un encanto especial ver como la luz entraba por las rendijas de la persiana y jugueteaba con las motas de polvo que ella nunca quería limpiar. Era el paso natural. Dijo que fue el apartamento el que nos escogió a nosotros, que era nuestro destino.

La gente suele confundir destino con casualidad. Y los hombres del tiempo, ellos no ayudan a pensar lo contrario. Ese día daban sol. Radiante sol. Aun y con los nubarrones que se cernían sobre el cielo, daban sol. Yo era ingenuo por esa época. ¡Dios, apenas tenía veinte años! Era tan ingenuo que salí de casa con lo puesto: Unos tejanos cortados a la altura de las rodillas y mi camiseta de los Rollings con unas manchas de aceite en la lengua que, semanas después y entre risas, imaginaríamos que eran pastillas de LSD.
Yo salí en algún punto exacto y concreto entre las doce y la una del mediodía camino al mercado para comprar algo que echarme a la boca y ella… ella a saber por qué salió, pero la cuestión es que salió en una dirección que convergía con la mía.
Por aquél entonces el mercado era al aire libre. El plan de edificación del nuevo mercado cubierto andaba retrasándose por motivos burocráticos y las obras no empezarían hasta la semana siguiente así que las paraditas de frutas y verduras se levantaban en una plaza hormigonada y gris, de esas que parecen a medio construir, a falta de los acabados que le den aspecto de plaza.
Yo andaba pues, despreocupado y con la vista perdida, cuando una gota de lluvia golpeó con violencia la punta de mi nariz y me obligó a interpretar ese estúpido gesto en el que te quedas plantado mirando al cielo con los brazos extendidos, como un espantapájaros de carne y huesos. El gestó en cuestión se hizo más prescindible si cabe cuando, en apenas unos segundos, las gotas se reprodujeron por millares y oscurecieron unos cuantos tonos el blanquecino cimiento sobre el que me posaba.
Ya estaba completamente empapado cuando fui consciente de la situación, cuando me percaté de lo azaroso e improbable de cuanto me rodeaba. Allí, a un metro de mi, había una delicada y grácil chica de piel blanquecina contemplándome boquiabierta y con mirada infantil. Sus ojos, casi completamente redondos, no podían hacer atisbo de cerrarse empujados por esa suerte de visión. A medida que fui bajando la vista me di cuenta de que su gabardina beige estaba completamente seca y, al llegar al suelo, pude ver no sin cierta incomprensión como una frontera recientemente dibujada con gotas de lluvia dividía la tierra en el punto exacto entre los dos.
Enseguida miré hacia arriba cubriendo mi visión de la lluvia con la mano derecha, pero no pude encontrar rastro alguno de un toldo o sombrilla que dotara nuevamente de lógica ese momento. Sea como fuere y, sobretodo, fuera por la razón que fuera, la lluvia acababa de forma concreta y definida justo entre los dos. Yo chorreando y ella iluminada, como dos imágenes inconexas a las que el desorden ha puesto una al lado de la otra.

No sería sincero si negara que yo también fui contagiado por la magia del momento. Me encontraba allí inmóvil bajo la lluvia, mirando a través de una cortina a la criatura más bella que jamás había visto. Era como contemplar un escaparate con un precioso maniquí de esos que tienen en las tiendas caras, de esos perfectos anatómicamente sobre los cuales cualquier trapo queda bien y multiplica su precio. Su imagen iba bailando y desdibujándose por un entramado vertical que daba dinamismo a su perpetua quietud. Parecía que las gotas contagiaban su definida perfección de formas al conjunto, en el instante en que rompían contra el suelo, a medio metro de sus botines en los que brillaba impoluto el radiante sol que se pronosticaba para ese día.
Se me hace difícil especificar cuánto tiempo pasó. Quizás sólo fueran unos segundos, pero ambos habíamos entrado en uno de esos paréntesis atemporales en los que nada se puede medir. Como si se tratara de una película mala de las que pones de fondo cuando no quieres centrar la vista, pude intuir gente corriendo y palomas alzando el vuelo en busca de resguardo, pero nosotros seguimos allí, ajenos al devenir del mundo.

En un instante imposible de definir, aun pasmada, miró el paraguas que sujetaba pulcramente cerrado entre sus manos y me lo ofreció con el brazo extendido y una amplia y acogedora sonrisa. Yo lo tomé, tocando sutilmente sus dedos en el punto en que el manto de lluvia acababa. Lo abrí e introduje mi cuerpo debajo de él con un gesto teatral y bobalicón.
Ese improbable momento, que no su magia inherente, acabó cuando la lluvia, primero en forma de gotas dispersas y más tarde con un torrente ensordecedor, invadió el espacio de esa grácil doncella que me acababa de ceder su única esperanza de permanecer seca. Instintivamente, porque seguramente si hubiera tenido tiempo de pensar no habría reaccionado de forma tan atenta, me acerqué a ella, la rodeé con la mano que me quedaba libre y la apreté contra mi cuerpo para que estuviera bajo el resguardo del paraguas. Sólo una frase salió de mi boca y aun dudo que fuera yo quién la pronunciara: “¿Vamos a un sitio más calentito?” Y los casuales o destinados caminos de los dos se volvieron uno durante el trayecto que iba de la plaza del mercado al café de la esquina. Y sin saberlo ya estaba todo hecho, acabábamos de construir la más bella de las respuestas a la típica pregunta que se le hace a una pareja. Esa en la que alguien les interroga sobre cómo se conocieron y los felices enamorados se miran y se ríen y le cuentan una historia estúpida y falseada y aun así carente de magia verdadera. Nosotros teníamos una respuesta que arrancaría “ooooh’s” y “que romántico’s” de cualquiera por muy duro que tuviera el corazón. Una respuesta de esas imposibles de callar, imposibles de guardar en un cajón y seguir con una existencia terrenal. Teníamos el mayor de los principios. El más bello, el más cinematográfico, el insuperable. Esa historia que se volvería una pesada losa de hormigón como la que se mojó ese día. Un listón imposible de vencer que convertiría cualquier intento en un burdo y ridículo cliché forzoso. Como el guardián de las mazmorras que avanzando con su antorcha prendida va definiendo, y por qué no decirlo así, creando las cavidades de la cueva, fue esa caprichosa nube la que definió los primeros años de nuestra relación. Los primeros pasos. Los primeros besos. Las primeras palabras. Y antes de darnos cuenta ya éramos dos indignos esclavos que le debían su existencia y que se irían apagando, muriendo, en un estéril trabajo de picar piedra. ¡Oh señor! Demasiado poderoso fue nuestro Dios para que tan humildes siervos siguieran su camino.

Ni la boda con la que siempre soñamos ni la más romántica luna de miel pudieron con ese principio. El apartamento, el coche, el perro, los niños… ¡Todo para ella! Que se lo quede todo. Pero quiero ese paraguas. Consíguemelo cueste lo que cueste, para algo te pago. La muy zorra no me quitará eso.

Joel Freixas Peracaula

El último Calchaquí

No cuenta sino canta la leyenda, que no un hombre sino aun un niño andaba recorriendo sin destino fijo los Valles Calchaquíes, extensísima formación rocosa que cubre el espacio de varios países de allá por América del Sur.
-Creo que tengo algún que otro niño apadrinado por ahí.
-Detalle que le honra sobremanera, mi admirado amigo.
Como decía, el valiente forastero, pues tuvo la osadía de adentrarse en esas misteriosas tierras sin escolta o compañía alguna, llevaba poco más que lo esencial en una abultada mochila que sobresalía por encima de su cabeza, otorgándole un andar jorobado y cansino, para hacerlo más épico si cabe: alimentos, una botellita de agua, ropa interior perfectamente etiquetada con el día de la semana que le correspondía y su notebook slim.
Llenó su  facebook con fotos de bodegones combinando su equipaje y sus libros sobre los pueblos originarios andinos y escribió en su Twitter: “Me adentro hacia rutas salvajes” cita homenaje a Christopher Johnson McCandless, alias Alexander Supertramp, cuyas últimos autorretratos antes de morir en la salvaje Alaska adornaban los 200 metros de pared de su habitación convertidos en pósters de papel satinado

Anudada a su cabeza, la wiphala multiplicaba la intensidad de sus colores al reflectarse con el todopoderoso sol de diciembre y una pequeña cruz escalonada andina colgaba de su sudoroso cuello.
Encontrándose allí por la Quebrada de las Conchas, punto concreto de los valles Calchaquies por su paso entre Salta y Cafayate, seguía fiel a la profunda convicción de que la única tierra digna de su viaje era aquella que no hubiera sido pisada por otros foráneos antes de él, la que sólo conociese los pies de pobladores originarios y cuya erosión no fuera otra que la dictada por la naturaleza autóctona del lugar. Así, previa partida, acumuló todos los planos que pudo de guías turísticas y centros de información y se fijó sólo en el espacio entre los puntos destacados. Áreas aparentemente lisas y de colores planos, como si realmente estuvieran hechas de la más insulsa nada. Convirtió esas tierras en su tablero de juego, asegurándose de que la sorpresa fuera máxima ante cada visión que tuvieran la suerte de enfocar sus ojos. Cuando, andando por esa nada tan rica en todo, se encontrara peligrosamente cerca de algún pueblo con encanto o parador pintoresco, lo rodearía no más cerca del límite al que llegara su vista, escalando montes o cruzando ríos si eso fuera preciso, para acabar dejándolo atrás sin interacción alguna. Sería su pequeño homenaje a la estoica resistencia calchaquí ante los invasores coloniales que acabarían por convertir esa admirada tierra en lo que consideraba un Disneyland para extranjeros acomodados. Ese era su plan más que su viaje ya que, a aquellas alturas, apenas llevaba un par de horas de trayecto.

Sucedió que en el camino se cruzó con un niñito ennegrecido por el sol y la mugre a partes iguales, ataviado con una curiosa equipación deportiva que algún día fue azul. El niño tiraba con fuerza y visible monotonía de las riendas de un burro grisáceo y tozudo que parecía encontrar cierta diversión al hecho llevar un paso ligeramente más lento que el de su conductor. La recompensa del viajante no se hace esperar, pensó por sus adentros, pues se sabía frente a la primera de un seguido de autenticidades portadoras de la esencia misma de los valles. El niño, el burro, el manto de polvo que se estampaba en sus caras… el conjunto era una píldora milagrosa perfectamente diseñada para comprimir en un trago todo aquello que andaba buscando en esa su odisea. Encuadró la visión con los dedos pulgar e índice de ambas manos y enseguida desenfundó la cámara de fotos réflex que le regalaron el día que quiso ser fotógrafo -dos días después de ese obsequio decidiría ser escultor y premiarían su iniciativa con un bloque de mármol de los Alpes Apuanos de seis por dos metros-. No les fotografiaba por la insulsa voluntad de querer mantener vivos los recuerdos, él estaba muy por encima de esta definición de fotografía. Su intención era más divulgadora que hedonista, pues se proponía usar esas fotografías para llevar el conocimiento a todas sus amistades de las diversas redes sociales en que se relacionaba con envidiable soltura. Como si de modelos en biquini se tratara, iba rodeando al niño y al burro, sacando de ellos fotos a ráfagas infinitas. Se agachaba, se ponía de pie e incluso se tumbaba en el suelo, en un afán admirable por encontrar un encuadre que hiciera justicia a cuanto veían sus ojos.
Pronto decidió que de los 200 retratos debería haber alguno que sirviera a sus propósitos y acordó proseguir no sin antes permitirse una excepción en su intención de no interactuar o alterar la vida de los valles. Generoso, sacó del bolsillo de su camisa un bolígrafo retráctil y, mostrándole con una sonrisa como el misterioso artefacto asomaba y escondía su punta con cada movimiento de pulgar, se lo ofreció desprendido al niño. ‘Tic-tac, tic-tac ¿Ves cómo funciona?’ le adiestró con voz cálida y acogedora.
En este punto el niño, ya decidido a corresponder a tal acto con una penetración rectal interespecífica -costumbres de la zona, supongo- hizo unos simples movimientos con su pequeña mano, muy experimentada en tales prácticas mamporreras, despertando en el animal una erección titánica. Cuando el desproporcionado miembro ya llegaba al suelo, provocando que sus patas traseras patalearan en el aire empujadas por el rosado punto de apoyo que, a modo de palanca, inclinaba el trasero del animal un par de palmos hacia arriba, sonó el inoportuno teléfono móvil que asomaba bajo la goma elástica de los pantalones del niño. Fue eso lo que salvó al intrépido aventurero de un severo desgarro y le permitió seguir con su viaje, aunque sólo fuera por unos metros más.
Los caprichos de la fortuna son impredecibles, mi respetadísimo camarada, y por esos antojos, esas piedras en el camino que Dios nos pone, y nunca mejor dicho, cuando aun andaba cavilando sobre el burro y el niño, ya ambos más calmados y siendo poco más que un desdibujado espejismo en el horizonte, no pudo reparar en una entrometida y vil roca que tuvo el apocalíptico destino de cruzarse en el camino de sus botas de montaña con tecnología Gore-tex, haciéndole tropezar y provocándole, no roturas óseas o distensiones musculares, pero si una dolorosa torcedura de tobillo cuyo crujir rebotó entre las surrealistas formas del valle.
Instintivamente miró a los lados, esperando la llegada en carrera del médico de la familia puesto al cuidado del joven heredero y cuya hora punta de trabajo solían ser los partidos de tenis en el club donde, como en este caso, las torceduras de tobillo eran la mayor plaga a temer, incluso habiendo impulsado la práctica de un nuevo deporte de su invención llamado ‘tenis de sofá’ cuyas características y reglas conoces perfectamente, aunque a veces pretendas lo contrario.
-Touché.
-Sin acritud, bien sabe que admiro más que cualquier otro ese don que tiene usted en lo que a las artimañas de estratega se refiere. Más sigamos.
Fue la elección de este osado trotamundos con ansias de conocer hacer este viaje sólo y buen trabajo le costó deshacerse de su docena de cuidadores como para ahora arrepentirse de ello. Solo e inmóvil permaneció en el suelo por unos minutos y, por si eso no fuera poco infortunio, sus intestinos empezaron a rugir con ensordecedor estruendo. El pobre desgraciado se moría de hambre y en la mochila apenas tenía unos potes de cocido de garbanzos, manjar demasiado pesado para un día tan caluroso, y una lata de caviar iraní que, como bien sabrá, sin tostadas es inconcebible y hasta blasfema su ingesta.
En este momento, sabiéndose derrotado por la brutalidad de los valles y con la solemnidad con la que se escriben los epitafios, se despidió de sus allegados mediante un mensaje de texto vía su teléfono 3G, vía una torre de comunicación de Tucumán, vía el satélite geoestacionario Arpa, vía la central de recepción de datos de la familia, que rezaba así: ‘Caído me hallo, bajo la implacable fuerza de la naturaleza en su estado más salvaje. Ninguno de los pesares que ya sufrí o que me esperan lograrán el más mínimo ápice de arrepentimiento en mi persona, pues las cosas que vi y viví me acompañarán siempre y el viento las convertirá en epopeya por los tiempos de los tiempo. Os quiero papi y mami’.

Los incontables minutos al abandono del valle dieron lugar a lo que alguno podría confundir con una ligera insolación debido a los 43 grados de puro fuego que llevan horas asando su cráneo, pero él sabía, y yo sé, que las luces multicolor y borrones circulares que atormentaban su visión no podían ser otra cosa que una experiencia mística, una ventana a un nivel superior en el que la muerte que le asediaba no era más que un trayecto en metro de un par de estaciones. Los escarpados picos multicolor se mezclaban como pigmentos en una gota de agua bailando a su alrededor en un espiral dentro de otro espiral que moría en una mancha de colores fluorescentes. Perdió de vista el norte y el sur y sintió como su culo se despegaba unos centímetros del suelo, empujado hacia el vórtice de la luz. Empezó a percibir una conexión completa y harmónica con el cosmos visto e intuido. Su consciencia, que no su cuerpo lastrado por la lesión, se preparaba para seguir el camino de luces de la vía láctea en viaje circular fuera del tiempo, peregrinando junto a otros muertos y siendo parte del infinito equilibrio del mundo.

Otro inciso, si me permite, y esperando por ello no desviar de la historia a su bien conocida capacidad de concentración: Tanto los habitantes del norte argentino como la gendarmería o los químicos farmacológicos te dirán que las hojas de coca que estaba por llevarse a la boca no tienen nada de alucinógeno ni estupefaciente, pero él estaba convencido de que los pocos centímetros que le separaban de tocar el nirvana con la punta de sus dedos residían en esa preciada planta.

Dicho esto, sacó un puñado de ellas de una bolsa translúcida y se las llevó a la boca, formando con la lengua una masa uniforme que cobijó en un lateral de su mandíbula. Pronto, pues en el marco temporal mundano fuera de su divina existencia no habían pasado ni cinco segundos, la naturaleza pura de cuyos jugos se nutría atravesó cada una de sus células para calar en su alma y echar raíces. Y allí empezó su verdadero viaje.
Le dio la bienvenida a esa orgía colorística una serpiente bicéfala que se retorcía a velocidad continua y mediante ángulos rectos mientras se alimentaba a su paso de las lucecitas brillantes que revolotean en el aire, recordándole a un juego de su primer teléfono móvil. A su alrededor, ángeles con plumas tropicales y uniformes coloniales, símbolos indudables de la lucha entre su estricta educación católica y su recién adquirida identidad calchaquí, danzaban chacareras al ritmo de los susurros del viento.
Con una mirada infantil, casi de recién nacido, contempló impertérrito como sus brazos empezaban a llenarse de un espeso pelaje terroso y una fuerza que provenía de cualquier sitio menos de sus músculos le puso de pie sobre unas enormes pezuñas. Sintió como sus colmillos se iban abriendo paso por entre la comisura de sus labios y ante sus ojos fue apareciendo un protuberante hocico puntiagudo cuyos acompañantes eran miles de aromas nuevas para él y que habían pasado inadvertidas hasta el momento. Fue al sentir la necesidad de levantar la pierna para mear cuando fue consciente de que se había transformado en un majestuoso jaguar -siendo sinceros, en aquel momento se confundió a sí mismo con un perro, aunque eso no viene al caso-. Ante sus ojos, en visión panorámica teñida de tonos sepia, vio al mundo que le rodeaba como si fuera el primer encuentro. Entendió cada movimiento, cada forma como un engranaje perfeccionista más preciso que cualquier de los relojes suizos de su colección. Nuevas verdades y recurrentes mentiras se revelaban como luces en la autopista y un aullido que se escuchó desde varios quilómetros de distancia quiso dar fe del grado de percepción al que llegó con sus nuevos y mejorados sentidos.
El instinto reprimido durante años y recientemente despertado por la transformación le empujó a cavar un pequeño hoyo, uñas y dientes mediante, que rellenó con los pocos alimentos que tenía, su reproductor de Mp3 y unos chicles sabor mentolado, ofrendando así a su venerada Pachamama. Usó los billetes que abarrotaban su cartera así como sus tarjetas de crédito para prender fuego al agujero mientras repetía una y otra vez: Inti, ñan, paña, pichana. Quizás las cuatro únicas palabras que conocía en Quichua y que vendrían a significar sol, camino, derecha y escoba; aunque lo verdaderamente importante de aquello era la comunicación directa y sincera con la madre tierra, la misma que le dio riquezas, la misma que le hirió e hizo caer. Se rebautizó como Wayra (viento), nombre al que respondió desde ese momento hasta el primer guantazo de su padre y estuvo largo tiempo charlando de futbol y economía con las formaciones rocosas de la quebrada, aun compartiendo poco o nada de su opinión sobre la recesión americana. Pasó los últimos instantes de su viaje, rebosante de adoración y estima, intentando hacer el amor con la escasa flora del lugar.
Antes de que intentara violar un cardone caído durante la última tormenta de arena, de detrás de los cerros escarpados, asomando bajo los cegadores destellos del sol, apareció la limocóptero, una innovadora patente en fase de pruebas de la empresa familiar que, para los poco entendidos en mecánica y aerodinámica, y aun sabiendo que este no es el caso, podríamos describir como una limusina de 20 metros de largo por 5 de ancho, dotada de asientos vibratorios, mini bar, jacuzzi, asador y piscina climatizada, con una gran hélice en la parte superior que le permitía volar grandes distancias a una velocidad de 150 nudos cargada con los 53 miembros de la estirpe familiar y los que estuvieran por llegar. La mitad del monstruoso engendro aterrizó cruzándose en la carretera, pues la otra mitad quedó colgando en el abismo a 600 metros de altura. Le encontraron cubierto de un barro agrietado y reseco –aunque hacía semanas que no llovía- y con una serenidad y claridad nada habituales en él. Les saludó cortésmente y entró en el vehículo. El rescate fue un éxito, si pasamos por alto que, por la fuerza cinética de las hélices, el vehículo arrancó doce algarrobos, aplastó una cría de zorro y provocó un ligero desprendimiento de tierra que dejó incomunicados y desabastecidos dos pueblos cercanos.

Para castigar tal falta de decoro, impropia de un rico heredero como él -pues a sus 22 años ya era rico y le esperaba una herencia que haría sonrojar a esa riqueza- su padre le obligó a contemplar sin siquiera pestañear so amenaza de cualquier otro castigo que se le pudiera ocurrir bajo las mismas normas, y así sucesivamente, como demolía el palacio de invierno de los Alpes que le regaló por su primera comunión con setenta disparos de cañones extraídos de su colección de armas coloniales.
Era un hombre severo su padre, pero también piadoso. Cuando la nube terrosa empezó a amainar, los 5.000 obreros egipcios a los que llamaba, sin signo alguno de discriminación, constructores de pirámides, empezaron de nuevo a levantar el colosal edificio piedra a piedra. Fecha de entrega mediados del otoño siguiente.
En secreto, y negándolo ante cualquier tipo de insinuación, su padre le tuvo una admiración idólatra hasta el día de su muerte.

-Anonadado me hallo. Bonito interludio nos regaló esta vez, mi admirado adversario. ¿Cómo vamos?
-15/30. Cinco juegos contra dos en el tercer set. A mi favor, si no recuerdo mal.
-Aplace sus hurras y celebraciones, mi estimadísimo señor, esto aún está lejos de acabar. Prepárese. Ponga el respaldo de su sillón en posición vertical. Me toca sacar a mí.

(N. del A.):

-Whipala: Bandera cuadrangular de siete colores usadas por algunas etnias de los Andes.
-Cruz escalonada andina: (o chacana) símbolo milenario originario de los pueblos indígenas de los Andes centrales.
-Coca: Planta con flor originaria de las escarpadas estribaciones de los Andes amazónicos, uno de cuyos alcaloides es la cocaína. Tiene un papel importante en las culturas andinas como analgésico o para combatir el mal de altura.
-Chacarera: danza folklórica propia del norte de argentina y la zona sur de Bolivia.
-Pachamama: (Madre Tierra) Principal deidad de las creencias religiosas propias de los pueblos indígenas de los Andes Centrales.
-Cardone: especie de cactus.
-Algarrobo: Especie de árbol de la familia de las leguminosas.

Joel Freixas Peracaula

¡¡Fresh Laptop!!

 

¿Harto de que tu ordenador huela a escatología después de unos instantes de evacuación y lectura?

Te presentamos en exclusiva el nuevo Fresh Laptop, el ambientador USB que se convertirá en el mejor complemento para tu blog favorito (osea, éste).

Disponible en aroma a pino, limón, lavanda y libro recién comprado.

¡Fresh Laptop, ya no tienes excusa para no bañar de cultura tus momentos más íntimos!

!Y sólo en los próximos minutos, los 200 primeros comentarios (sobre un cuento) recibirán en casa y de forma totalmente gratuita su Fresh Laptop! (Hasta agotar existencias)

 

No acabes con la industria de los ambientadores, la descarga ilegal de aromas es un delito penado que nos daña a todos.

QUÉ-SÉ-YO S.A.

-¡Te vas a convertir en un hombre! -Me dijo papá mirando al horizonte. Ahora supongo que se refería a convertirme en un hombre cansado y pobre, pues me mandó a hacer de peón de limpieza por no más de quinientas pesetas la hora.

Mi jefe, o “El comandante” como se hacía llamar, era un hombre del Medievo atrapado en un cuerpo de obrero. Organizaba las tareas cual estratega curtido en mil batallas de tiralíneas asignándonos posiciones con un porte altivo y rígido, como si hablara desde el lomo de un caballo.
Ese, mi primer día en el oficio -y sepáis ya de antemano que el último- subimos a la ranchera del Comandante con el resto de la brigada, formada por cinco muertos vivientes con quiénes intenté de forma infructuosa entablar conversación, destino al enjambre de industrias abandonadas del puerto. Nuestro objetivo era una antigua e inmensa fábrica de qué-sé-yo. Igual, produjeran lo que produjeran, el último “qué-sé-yo” que salió de allí debe de ser ya una antigüedad, y es que en esa zona los sueños fracasados y las bancas rotas se amontonan unas sobre las otras sin orden aparente.
Ya en la puerta y a lomos de su rocín imaginario, el Comandante rezó una serie de tareas para cada uno de los obreros quienes al oírlas se fueron dirigiendo a sus áreas de acción sin mediar palabra ni expresión alguna, hasta dejarme a solas con él. Fue entonces cuando me acompañó al sótano para, tras una puerta pesada y oxidada, mostrarme el mayor espacio cerrado que nunca hubiera visto.

Era un cubículo hormigonado cuyo final se perdía en una perspectiva imposible definida por puntos de fuga que nunca llegaban a tocarse. El techo, repleto de trampillas de ventilación y conductos de gas, se levantaba seis metros sobre nuestras cabezas. Maquinaria antigua, cajas, papeles y demás desperdicios, que empezaba a considerar mis compañeros de trabajo, se repartían a sus anchas por el abismal lugar engañando a la vista sobre sus proporciones reales. En mi vida me sentí tan pequeño.
-Tienes 4 horas para empaquetar todo esto. Y por ser tu primer día, si acabas antes, puedes irte. –Me dijo. Una maldición referente a toda la mierda que ocupaba el lugar entrando por el ano del Comandante se me escapó de decibelios. Por suerte no me oyó. Me tocó la espalda, me regaló una mueca que quería ser una sonrisa y desapareció cerrando de un portazo.
¡Vamos a por la primera caja! Grité animosamente. –Ja ja ja ja -Se rió el grosero y malnacido eco. Ese primer paquete me sorprendió por su peso. Dentro había un centenar de copias de la biografía de Borges en Noruego antiguo, que fueron cuidadosamente introducidas en su respectiva bolsa industrial para su posterior quema. A ellas les siguió la ecografía de dos lagartos siameses y lo que parecían ser los restos de una extraña nave con forma de platillo, ya convertida en chatarra. Unos tubitos de plutonio enriquecido pulcramente apoyados contra la pared me daban algo más de luz en el lúgubre sótano mientras movía, levantaba y volvía a mover las inmensas máquinas industriales para hacer quién-sabe-qué y sacaba de debajo de ellas centenares de objetos y papeles adornados con jeroglíficos. El tiempo se me empezaba a echar encima y nunca mejor dicho, pues llegué a encontrar hasta veinte relojes de toda clase de tamaños, materiales y mecanismos, y ninguno de ellos coincidía en qué hora era.
Recuerdo que embolsé una bobina de escenas inéditas y tomas falsas del noticiero de las doce, dos-cientos-mil francos malienses que, ignorando su valor al cambio, decidí desechar, y un guerrero togolés disecado, todo aderezado por el sonido proveniente de un viejo gramófono que proyectaba al aire la colección de los mejores discursos de Adolf Hitler en vinilo.
También hallé una neverita portátil. La abrí, con la ilusa esperanza de que me regalase una cerveza fría o cualquier tipo de refrigerio que pudiera calmar mis acalorados músculos, pero allí sólo había un hígado humano congelado. Pensé que su propietario andaría buscando su filtro de alcohol, pero acabar mi tarea era para mí lo primero así que lo puse en una bolsa junto a una colección de pelucas y el vestido que llevó Humfrey Bogard en Casablanca.

Otra caso que había por allí era una armadura de noble guerrero bañada en plata de ley que calculo fecharía del siglo XII, con su escudo, su espada y su caballo negro, que lanzaba patadas al aire y se levantaba sobre sus cuartos traseros, nervioso ante mi presencia.
Debajo de unas estanterías mugrientas me sorprendió una familia de chinos formada por el padre, la madre y seis retoños, haciendo salir humo de sus máquinas de coser mientras producían a destajo prendas de una famosa marca de ropa deportiva bajo la débil luz de una vela. Con la infinita educación que caracteriza a los chinos, -pues son un pueblo nacido al margen de la competitividad capitalista- se introdujeron solos, ordenados y con una sonrisa complaciente en su bolsa industrial correspondiente, para seguir tejiendo con la ayuda de la vela que, a través del plástico negro, les convertía en improvisados actores de un espectáculo de sombras chinescas.
En una esquina, entre el esqueleto de una ballena y una reproducción a gran escala del dedo índice de Nixon, encontré a mi primera novia, quién unos veranos atrás me dijera que me quería y faltara a su palabra de llamarme para ir a comer un helado. Descansé un rato de mi hercúlea tarea para revolcarme con ella, cual adolescentes que éramos, encima de una blandita colección de fotos de hijos de famosos recortadas de revistas amarillentas y, enseguida, le di un beso en la frente y la empaqueté.

Llegó un momento en que la torre de bolsas negras se amontonaba desde las dos paredes hasta tocar el inalcanzable techo, cortándome cualquier camino hacia la salida. Y de allí seguían saliendo cosas: caramelos Pez con la cara de Lee Harvey Oswald, una torre Eiffel hecha con corchos de botellas de vino, una remesa de tejanos defectuosos con tres perneras… cuanto más avanzaba mi trabajo más consciente era de que no podría salir de allí. Los nervios iban en aumento y mi uniforme, empapado por el sudor, parecía pesar más que cualquiera de las cajas que levantaba. Pude deshacerme de él gracias a la madre china y al jersey de marca recién tejido que me regaló antes de volver a encerrarse en su bolsa. Ojalá hubiera sido tan fácil con el caballo que, como yo, intentaba infructuosamente saltar el muro de bolsas, relinchando ruidosamente cada vez que se daba de bruces contra el hormigón. Tuve que descongelar y usar como cebo el hígado de vete a saber quién para guiarle hasta su improvisado establo de polietileno negro y dejarle allí, ya más tranquilo, devorando con gusto su cena.
Por mucho que intentara redistribuir los desperdicios no conseguía encontrar el camino de vuelta, y escalar era ciertamente arriesgado pues la montaña amenazaba con sepultarme bajo un alud de embalajes y cajas acartonadas. ¡Ahora no! Tuve que decirle a mi antigua novia, mientras me sacaba la lengua por un agujerito hecho en la bolsa de plástico, moviéndola arriba y abajo, como lamiendo lo que quería ser un pene imaginario. ¡Ahora tengo trabajo! – Jo jo jo jo… – Se seguía riendo el eco.
Superado por la situación, retrocedí unos metros y menuda fue mi fortuna cuando choqué de espaldas con otro peón de limpieza de una empresa de la competencia que, como si de un espejo se tratara, estaba haciendo lo mismo que yo pero empezando, claro está, desde el extremo opuesto de la fábrica. Estuvimos nuestros buenos minutos discutiendo hasta que, como reza el libro de normas universales de los obreros de la limpieza, acabó por ceder y por empaquetarse junto a las demás cosas ya que había sido yo el primero en, con la agilidad mental que me caracteriza, haberme apropiado del hallazgo.
Me encontraba pues ante la mitad del trabajo completado por mi compañero gremial quién, por si fuera poco, fue más previsor que yo y dejó un caminito hacia la salida trasera. Con menos de media hora de arena en mi reloj empecé a correr tan rápido como podían mis piernas. Crucé a la derecha junto a la tumba de Genghis Khan y me sequé la frente del sudor que escupían mis poros con una especie de toalla vieja en la que algún tipo barbudo y con pelo largo había dejado su cara manchada; todo, mientras una orquestra de viento pulcramente empaquetada alentaba mis esfuerzos interpretando, con escasa técnica pero mucho sentimiento, el cuarto movimiento del Attila de Giuseppe Verdi.
Cuando mis piernas ya no daban más de sí vislumbré por fin la ansiada luz que me indicaba la salida y que fue haciéndose más y más brillante. Los últimos minutos de mi jornada laboral los empeñé venciendo un pequeño contratiempo, pues esa salida me había dejado en el otro extremo de la ciudad, al pie de las montañas, y tuve que tomar un taxi para regresar al puerto.
Sólo entrar de nuevo en el sótano escuché el crujir de las escaleras bajo el paso relajado del Comandante, que venía a revisar mi trabajo. -No está mal para ser el primer día. -Dijo de forma complaciente, y me introdujo dos mil pesetas en el bolsillo como lo hacen las abuelitas al darte la paga el día de tu cumpleaños. -Disfrútalos con sabiduría. -Me propinó. Tuve el arrebato de empaquetarle junto a las demás cosas, pero uno debe saber desconectar del trabajo.
Fue en ese mismo momento cuando las  luces de la gran nave fueron alumbrando, una tras otra y con gradual estruendo, el espacio que acababa de empaquetar y limpiar. Las máquinas, como si de magia se tratara, empezaron a mover sus pistones y, desde allí, pudimos oír un rumor de pasos sobre nuestras cabezas avanzando al ritmo de una sirena. La fábrica de qué-sé-yo’s acababa de reiniciar su producción después de dos décadas clausurada.

No pagan muy bien y los horarios apenas me dejan tiempo libre, pero el trabajo es más relajado y ofrece un buen seguro dental. Al poco, el Comandante también consiguió trabajo allí como mi asistente. Llevo dos años trabajando en la fábrica y aun no sé muy bien qué se produce, pero este año estoy pensando en hacerle mandar un qué-sé-yo a mi papá. Como regalo de navidad. Seguro que se siente orgulloso.

Joel Freixas Peracaula

No llores

Recuerdo que a pesar de la clara desventaja de mis pequeñas piernas, era mamá la que tenía que acelerar el paso para no despegarse de mi sudorosa mano. La emoción mezclada de incertidumbre jugueteaba con mis intestinos a hacer ruidos monstruosos, volviendo cada vez menos apetecible el bocadillo que llevaba en la mochila, pulcramente envuelto en papel de aluminio.
A medida que nos acercábamos a la que sería mi escuela –“Centro Educativo Doctor Siberiani” en honor al único alumno que hasta entones había llegado a cursar carrera alguna- de las calles  colindantes y los coches aparcados se nos iban uniendo, como ratillas huyendo de los respectivos camarotes de un navío apunto de encallar, decenas de niños como yo, cogidos de las manos de sus respectivas madres, que hacían suyo nuestro camino.
Por primera vez me sentí parte de algo grande. Esa multitud de chavales repeinados con agua de colonia luciendo uniformes a cuadritos rojos y blancos exactamente como el mío, con paso homogéneo y mirada fija en un punto común, me recordaban a los desfiles de las SS que el abuelo miraba impertérrito una y otra vez en viejas cintas de vídeo. Todos iguales, todos con una misma dirección. Un mismo destino.

A nuestros escasos cinco años, poco sabíamos de ese extraño edificio al que nos iban a mandar y donde pasaríamos la mayor parte de la niñez. La única información –aunque en esa época era todo lo que teníamos y nos aferrábamos a ello cual lapas como si de la palabra del Señor se tratara- provenía de los chicos mayores del vecindario quienes, entre paliza y paliza, nos regalaban alguna que otra muestra de su sabiduría y vivencias.
Yo admiraba profundamente la exquisita verborrea que lucían con dominio erudito, cual ilustres académicos de una lengua para mi carente de significado. Los bellos y raros vocablos que nutrían su retórica, marcando todos ellos una contundente tonicidad en la oración que les cobijaba, denotaban un significado profundo y absoluto pues eran sólo necesarias esas escasas palabras, cortas y de pocas sílabas, para que yo, ignorante de la vida, desconociera por completo el oculto mensaje de cuanto decían. Puta, polla, follar, cojones, etcétera, se me clavaban en los oídos como una melodía preciosista que mi minúsculo conocimiento no podía llegar a comprender. Sólo esperaba ansioso ese día en el que las puertas del conocimiento se abrieran también ante mí y pudiera usar la bella palabra “coño” en una oración con pies y cabeza.
Incluso algunos de esos chicos, suponía yo que los más aplicados, habían aprendido el refinado arte de fumar y tiraban con elegancia el humo de sus pitillos en mi cara –que a falta de la instrucción pertinente no sabía hacer otra cosa que toser- tal cual fueran réplicas exactas de mis idolatrados héroes hollywoodienses. En esa clase, la de fumar, -y acaso también la de tomar una copa de coñac como hacía papá a media tarde- pensaba esforzarme al máximo.
Otras materias que imaginaba nos impartirían eran la de conducir, la clase de conocimiento del cuerpo –cuyo temario sería tal como afeitarse, eructar como los chicos mayores o saber por fin porque el meñique que tenía entre las piernas a veces señalaba al sur y a veces el norte- y la de fabricar hijos. En definitiva, las cosas cuotidianas del día a día que nos esperaba al salir y que me moría de ganas de dominar.

Lo único que me asustaba un poco era lo que le pasó a mi hermano mayor. Mamá siempre dijo que era una personita especial. Que no hablaba no por tonto sino por ser un gran oyente; y que su andar, cojeando medio encorvado y con las manos cerradas como muñones, no era otra cosa que una danza al ritmo de una hermosa música que sólo él podía oír. Pues bien, mi hermano no pasó el tercer curso.  Ni repitiéndolo dos veces consiguió alcanzar cuarto. Después de eso, mis padres, notablemente enfadados con los maestros por no comprender la mágica mente de mi admirado hermano, le sacaron del colegio para que se pudiera pasar el día entero bailando en su dormitorio. Casi podía ver cómo, a final de año, nos pondrían a todos en fila en el definido límite dónde acababa ese curso y comenzaba el siguiente. Y que en medio habría un enorme torniquete de esos para entrar en el metro sobre los que papá siempre me levantaba en brazos para no tener que pagar. Y que tendríamos que correr con todas nuestras fuerzas para superarlo y que los que quedaran atascados o no lograran mover las pesadas barras metálicas, no podrían pasar de curso y tendrían que repetir. Igual, mi miedo no era descorazonador ya que, a diferencia de mi hermano, mis talentos eran más de ámbito deportivo que dancístico y no pronosticaba muchos problemas para conseguir pasar a segundo.

Cuando ya vislumbrábamos el colegio, mamá se agacho y me agarró los hombros para que mi bailoteo nervioso no provocara borrones en  la fotografía mental que me estaba sacando. Me observó con mirada escudriñadora y, tras lamerse los dedos de la mano, me aplanó un mechón de pelo que el sudor había hecho despegar del resto. Quería que su hijo diera la mejor de las imágenes ante las que serían sus maestras.
A ellas, a las maestras, aun no sé muy bien porque, las imaginaba a todas como a mi mamá. Un ejército de réplicas idénticas a mamá, con sus manos suaves y sus enormes pechos -entiéndanme, por esa época ya había abandonado el hábito de mamar, pero seguía teniendo una mística atracción por sus senos, los cuales apretaba con fuerza siempre que podía alcanzarlos.- Mamá en la entrada, mamá en una clase, mamá en otra, mamá en el comedor… y así con todo el claustro de profesores y el personal de la escuela que abarrotaba el imponente edificio de paredes de un rojo granatoso, que parecían estar mudando su piel como hacen las serpientes. Una infinidad de minúsculas ventanas, unas con las persianas bajadas y otras completamente abiertas, abarrotaban la fachada como si de un crucigrama se tratara, y aunque intenté rellanar esos espacios con todos los lugares que conocía y en los que había estado en mi corta, no alcancé a completar ni la mitad de los vacíos. Detrás de una persiana podía intuir que se encontraba mi dormitorio. En otra, debía estar la casa de la abuela. Quizás en otra estaría la consulta del pediatra. La tienda de golosinas. La caseta del árbol. El circo… y así seguí con todo mi registro mental de lugares cerrados conocidos, los cuales se acabaron antes de que pudiera dibujar la mitad de habitaciones que tenía el edificio.
Eso no hizo más que avivar mi curiosidad,  y me despegué de la mano de mamá para, con unas torpes zancadas, plantarme al borde de la verja que rodeaba la ansiada escuela y asomar mi naricita por entre el alambrado. Y en ese momento me pude imaginar ya allí dentro, en el patio junto a los otros niños, jugando, charlando, aprendiendo o haciendo lo que fuera que se hiciera allí; y a aludes de adultos cargando grandes cámaras de fotografiar que vendrían a pasear por las calles que rodeaban la escuela para vernos entre las rejas. Y nos señalarían y nos aplaudirían y si les gustaba mucho lo que veían, quizás incluso nos tirarían frutos secos o algún que otro plátano por entre los barrotes, vitoreando felices nuestros logros e inmortalizándolos para la posteridad.
Tan contento me sentía de que me acogieran en ese templo de sabiduría, que estaba decidido –y de hecho llevaba varios días preparándome para ello- a, nada más entrar, regalarles a mis maestras con cara de mamá la mayor de mis cagadas. De esas que no son ni líquidas ni sólidas ni todo lo contrario, para así mostrarles el infinito respeto que les profería con el mayor logro fisiológico que mi rudimentario cuerpecillo podía llevar a cabo.

No llores mamá, le dije antes de entrar a la cara llena de lágrimas que me vio nacer. Ojalá pudieras venir conmigo.

Joel Freixas Peracaula

La ilustrísima Real Academia de la Arqueología Futura

 

Información extraída en gran medida de los registros documentados por los historiadores José María Virgós y Beatriz de Melo, a los cuales hago sabedores de la eterna gratitud de un servidor.

 

El colosal edificio de la academia, uno de los símbolos más representativos de la isla junto al Palacio Real y el Templo de Poseidón, visible desde cualquier punto de la inmensa acrópolis, se levantaba en pleno centro con su inconfundible arquitectura de estilo corintio, unos diez siglos antes de que tal orden estético fuera creado.

Hay quien cuenta que el majestuoso edificio que cobijaba la Academia debía albergar en realidad la asamblea de ciudadanos, pues para ese menester fue acordada y proyectada su construcción. Fue el arqueólogo futuro Solonis quién, investigando exhaustivamente las obras cuando apenas llevaban un par de semanas de construcción, dictaminó oportunamente que se trataba de un espacio destinado sin ningún tipo de duda a tales estudios por parte de una generación cercana de eminentes científicos Atlantes que ubicó tres décadas adelante en la historia. A pesar del numeroso registro que acompañaba a las obras y que contradecía el análisis de Solonis, Atlas, el gobernante superior de la región, no se atrevió a ponerse en contra a la comunidad intelectual, estamento que gozaba del máximo respeto en la sociedad atlante. Así nació el espacio físico de la Real Academia de la Arqueología Futura.

Simplificando casi hasta el ridículo su definición, pues de otro modo sería imposible hacerla comprensible para la sociedad actual, podríamos decir que la arqueología futura es la ciencia que se ocupa y centra su estudio en el análisis de las sociedades venideras a través de los futuros estratos materiales de esas, hallados y estudiados precozmente mediante prospecciones tempranas realizadas en obras arquitectónicas en su estadio inicial de construcción.
La sociedad de la Atlántida, máximo exponente de la cultura y la ciencia de su época, era plenamente consciente del lugar que ocupaba en la historia, hecho que le empujaba casi inconscientemente a dar más importancia a los hechos que estaban por venir que a los acaecidos hasta entonces. Esa convicción de mirar hacia adelante fue el principal motivo del nacimiento de la mencionada disciplina y, sin duda, el detonante de la posición sustancialmente aventajada a nivel cultural y social de la que gozaban en relación a los demás imperios existentes. Así, mediante técnicas y deducciones que aun no podemos reproducir de forma fidedigna, un arqueólogo futuro podía dibujar únicamente a partir de una pequeña excavación y algunas piedras apiladas, el aspecto de una futura construcción, como la usarían y se relacionarían dentro de ella las generaciones futuras e incluso cual sería su fecha aproximada de demolición.

Además de para arrojar luz sobre los interrogantes de la historia ulterior, el ejercicio de esos científicos también tenía aplicaciones más práctica para el día a día de la región. La fama de los Atlantes de  grandes constructores era bien conocida y documentada por los cronistas de la época. Su lucha por alcanzar los cielos y los constantes avances tecnológicos que precisaban de sus correspondientes avances urbanísticos, provocaban que a menudo más de la mitad de la isla estuviera levantada en miles de obras que podían durar décadas o incluso siglos. Entre tantas zanjas era algo habitual que los escasos urbanistas reales, superados por el titánico esfuerzo intelectual que requería llevar la contabilidad y el seguimiento de todos los proyectos, olvidaran lo que se estaba haciendo, dónde y con qué plazos. Por ello, solían precisar de los servicios de arqueólogos del futuro con el fin de poner orden entre tantas excavaciones y planos. Así, su participación se volvía imprescindible para discernir entre, por ejemplo, si tal agujero era para plantar un rosedal o levantar una torre; o si unas rocas iban a convertirse en vivienda unifamiliar o en puente.

El perfil de un arqueólogo futuro era el de una persona solitaria, extremadamente analítica y de avanzada edad. Ese último rasgo se explica en parte por la veneración de la cultura atlante hacia sus ancianos, a quienes se consideraba los únicos con experiencia suficiente para hablar con autoridad de temas intelectuales; pero también, debemos suponer, por la mística atracción que desde los orígenes de los tiempos hasta la actualidad han despertado las obras a la gente de más avanzada edad. Tampoco podemos olvidar la larga lista de estudios necesarios para ejercer tal disciplina, pues un arqueólogo o historiador futuro debía entender con dominio erudito de física, química, ingeniería, arquitectura, geología, geografía, botánica, meteorología, astronomía, genética, economía, política y ciencias sociales, entre otras materias. Sólo cuando el aspirante a arqueólogo futuro completaba tales estudios, para lo cual podía emplear treinta años de una esperanza de vida que por aquel entonces rondaba los cuarenta, podía dedicar sus últimos días al ejercicio de la mencionada ciencia entre las misteriosas paredes de la Academia. Los milagros no natos con los que allí se encontraba eran tan gran misterio entonces como lo siguen siendo ahora.

A pesar del minucioso proceso indudablemente ligado a tales deducciones, nos equivocaríamos si describiéramos a los arqueólogos futuros como plácidas ratas de laboratorio, pues tal ciencia requería estar continuamente en primera línea de acción, a pie de obra, con los consiguientes riesgos que eso conllevaba. Su imagen pues, estaría más acorde con la de los primeros aventureros dignos de Hollywood, eso sí, con un físico sustancialmente más envejecido y carente de agilidad o atractivo algunos.
Eternamente enemistados con arquitectos y constructores, pues sólo se requería de una palabra pronunciada por un arqueólogo futuro para que todos los planos e ideas iniciales sobre la edificación cambiaran por completo, los osados investigadores que se adentraban en terreno por edificar, cruzando vallas delimitadoras o saltando dentro de fosas de gran profundidad con la única protección de un rudimentario casco de cobre, se veían a menudo alcanzados por el implacable avance del tiempo que ellos mismos trataban de descifrar y no era extraño que acabaran su vida sepultados bajo varios metros cúbicos de piedra caliza o “accidentalmente” devorados por elefantes adiestrados, animales muy numerosos en la isla y principales herramientas de construcción de la época. Esos malaventurados héroes nunca recibían homenaje alguno más que una humilde sepultura –cuando había cuerpo alguno que sepultar- en fosas de más de cien metros de profundidad para que nunca nadie pudiera encontrar sus restos, junto con todos los archivos que atestiguaran su existencia, así como sus bienes y propiedades materiales o inmateriales, y familiares ya estuvieran estos  muertos o aun en vida. Sólo legaban para la posteridad sus descubrimientos, pues no concebían mayor deshonor que ser recordados como un vestigio caduco del pasado o, peor, desenterrados y estudiados a posteriori como fósiles de una remota y rudimentaria civilización. A tal extremo llegaba su devoción por futuro.
Esas costumbres funerarias son el principal motivo por el cual encontramos la mayoría de los registros que atestiguan su existencia lejos de su lugar de origen. En parte por la situación geográfica de la isla, en parte por el creciente respeto y admiración de que gozaban los científicos y pensadores atlantes, primero su fama y después su campo de acción fue extendiéndose más allá de las fronteras acuáticas de la Atlántida, cosa que la comunidad científica veía con muy buenos ojos ya que, por extrañas razones, los descubrimientos de futuras civilizaciones eran mucho más frecuentes fuera de la isla que en su interior. Hoy sabemos, gracias a documentos encontrados en diversos puntos del globo terrestre, que numerosos imperios de la época reclamaron sus servicios en gran cantidad de obras arquitectónicas, siendo esos estudios sinónimo de lujo y refinada gusto para quienes los encargaban.
A continuación, un extracto del análisis realizado por el arqueólogo futuro Pileto, sustraído, traducido y adaptado de jeroglíficos y papiros encontrados entre los restos de la pirámide del Faraón Amenemhat III, en Hawara:

“En un primer análisis arqueológico a pie de campo puedo dibujar a partir de una hilera de rocas sin tallar, una imponente construcción a base de piedra escuadrada y adobe en forma de cono escalonado de cuatro lados, cuyo vértice superior se extiende a más de cien metros de altura. (…) Su interior, por el notable espacio vacío que puedo intuir y la escasez de entradas o salidas previstas para el recinto, concluyo que se relega a ritos funerarios o conservación de bienes.

(…) Analizando más a fondo los materiales empleados y el espectro socio-político egipcio y mundial, puedo concretar otra civilización a la que llamaré “coleccionistas de imágenes”. Esta sociedad, mucho más alejada en el tiempo y formada por viajeros nómadas procedentes en su mayoría de los futuros imperios del norte, tiene por costumbre pisar estas tierras empujada por la visión de la monumental y emblemática construcción, sacando de ella numerosos retratos con técnicas pictóricas que no puedo precisar y adquiriendo reproducciones a escalas minúsculas para su óptimo  transporte”

Los últimos hallazgos acerca de arqueólogos del fututo, pues esa ciencia iría pasando de artesanía a leyenda en pocos siglos, los encontramos en una reciente campaña de inmersiones en el estrecho de Gibraltar. Puedo proceder a relatarlos gracias a la generosidad de un coleccionista anónimo que ha tenido en gracia permitirme el acceso a tales archivos. Los datos rescatados arrojan luz sobre el más contemporáneo de esos investigadores del que tenemos constancia y que se hacía llamar Calio de Gadírica. A pesar del mal estado del manuscrito, erosionado por siglos de corrientes mediterráneas, podemos descifrar de una caligrafía visiblemente apresurada y grabada con profundidad sobre lava fosilizada -técnica para nada recurrente en la época- como el susodicho afirma haber descubierto una civilización perdida, extinguida a causa de una apocalíptica erupción volcánica acaecida con carácter futuro en la mencionada zona. Según podemos leer al final de su comunicado, emplaza a la comunidad científica a la presentación en sociedad de esos descubrimientos, que de buen seguro le encumbrarán en la élite intelectual de la Atlántida, para la primavera siguiente, cuando calcula habrá concluido su estudio. Por el momento, no existe constancia de que tal acto llegara a realizarse.

Joel Freixas Peracaula

El perverso monstruo de debajo de la cama

Pasa revista al retrato de su papá y su mamá. Al perchero del que cuelga el uniforme que se pondrá mañana. Como de costumbre, la lucecita del repelente anti-mosquitos tiñe de verde su colección de cómics ordenada por orden de compra. Todo parece en orden, todo parece tan normal como cada noche en la oscura habitación de Javier, quién a pesar de ello, está muy lejos de poder dormir cual angelito, pues hay ciertas cosas que sólo ve él, que escapan a los ojos poco expertos en la materia que le perturba esta noche.
El bueno de Javier resta tumbado en la cama, inmóvil, sin poder apartar la mirada del juego de sombras que dibuja la débil luz que se cuela por una ventana que no debería estar entreabierta. Tampoco puede pasar por alto el aroma a fósforo que no tapa ese hedor a sudor animal que se le cuelga cual trapecista de los pelillos de la nariz. Por mucho que trate de quitarse la idea de la cabeza con imágenes de conejitos saltando o de su comida favorita, Javier sabe que el horrible y malvado monstruo que se esconde bajo su cama, ha vuelto.
Lo supo apenas se encamó, después de llegar casi a medianoche de casa de un amigo, y lleva horas sin poder conciliar el sueño. Seguramente, piensa Javier para tranquilizarse, todos tenemos un monstruo que nos visita de noche en el lugar donde más seguros y protegidos deberíamos sentirnos; ese pérfido bellaco que, tenga la forma que tenga, amenaza con  acabar con todo cuanto tenemos y nos importa. Pero el suyo, cómo no, es mucho peor que cualquier otro monstruo que pueda frecuentar dormitorio alguno.
Por fuerte que se tape los oídos, puede oír nítidamente como, justo debajo de él, el vil monstruo respira bruscamente con unos pulmones ásperos y malvados al ritmo de un acelerado y podrido corazón. Cada movimiento en falso, cada temblor de piernas, provoca un ensordecedor crujido de muelles que resuena entre las cuatro paredes del pequeño cuarto mientras siente, con precisión quirúrgica, como un ejército de gotas de sudor avanzan deslizándose por las curvaturas de su cuerpo, cambiando de dirección como el agua de río entre las rocas, ante el bello erizado que se encuentran a su paso. Es el mismo miedo que le empuja a huir el que le retiene congelado mientras segundos y minutos y horas bailan danzas rituales a su alrededor.

De pequeño, porque ahora Javier ya es mayor, le bastaba con cubrir la cabeza bajo las sábanas que tejía su abuela, a las que otorgaba las propiedades de un campo de fuerza contra las más horribles criaturas de la noche al estar hechas con la lana de ovejas radioactivas. Qué iluso, se castiga ahora. Tampoco su papá, quién solía disputar cruentas batallas con los numerosos monstruos que se dejaban caer por casa mientras Javier cerraba tan fuerte como podía los ojos, está ya con él. Pobre pues del infeliz que segundos atrás empezó a morderse el dedo por miedo de que el repicar de sus dientes pudiera alertar al monstruo de que conocía su escondite.

Siempre tendemos a maximizar nuestros temores, a imaginarlos de la peor de la formas. Javier, de más chico, imaginaba al monstruo que vivía debajo de su cama –porque nunca tuvieron el honor de verse en persona- como una enorme masa peluda del color de las espinacas cocidas, con dientes grandes y afilados como cuchillos de cocina y tentáculos por brazos para separar mejor la tierna carne de los niños de sus huesos. Ahora, a éste, se lo imagina mulato y musculoso y con una enorme pija que le llega a la altura de la barbilla. Igual, piensa, si fuese un tipo regordete con un pulgarcito entre las piernas, no dejaría de estar debajo de su cama, desnudo y Dios quiera que con un condón puesto, manchando el caro parqué de roble con el sudor de sus nalgas.

Respira Javier, se dice. Intenta pensar fríamente. Y después de dar mil vueltas en la cama como una croqueta con rebozado de lino, se armará del valor que nunca tuvo y caminará a hurtadillas para refugiarse en el baño. Y allí contará entre sollozos hasta 2600 y volverá a la cama esperando que el monstruo ya se haya escabullido por el agujero inmundo por el que entró. Y abrazará fuerte a su querida mujer, falsamente dormida a su lado, y seguirá siendo feliz y ella será devota y fiel como siempre fue. Y nada, nada en absoluto habrá cambiado por culpa del infame y malicioso monstruo de debajo de su cama.

Joel Freixas Peracaula

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