No cuenta sino canta la leyenda, que no un hombre sino aun un niño andaba recorriendo sin destino fijo los Valles Calchaquíes, extensísima formación rocosa que cubre el espacio de varios países de allá por América del Sur.
-Creo que tengo algún que otro niño apadrinado por ahí.
-Detalle que le honra sobremanera, mi admirado amigo.
Como decía, el valiente forastero, pues tuvo la osadía de adentrarse en esas misteriosas tierras sin escolta o compañía alguna, llevaba poco más que lo esencial en una abultada mochila que sobresalía por encima de su cabeza, otorgándole un andar jorobado y cansino, para hacerlo más épico si cabe: alimentos, una botellita de agua, ropa interior perfectamente etiquetada con el día de la semana que le correspondía y su notebook slim.
Llenó su facebook con fotos de bodegones combinando su equipaje y sus libros sobre los pueblos originarios andinos y escribió en su Twitter: “Me adentro hacia rutas salvajes” cita homenaje a Christopher Johnson McCandless, alias Alexander Supertramp, cuyas últimos autorretratos antes de morir en la salvaje Alaska adornaban los 200 metros de pared de su habitación convertidos en pósters de papel satinado
Anudada a su cabeza, la wiphala multiplicaba la intensidad de sus colores al reflectarse con el todopoderoso sol de diciembre y una pequeña cruz escalonada andina colgaba de su sudoroso cuello.
Encontrándose allí por la Quebrada de las Conchas, punto concreto de los valles Calchaquies por su paso entre Salta y Cafayate, seguía fiel a la profunda convicción de que la única tierra digna de su viaje era aquella que no hubiera sido pisada por otros foráneos antes de él, la que sólo conociese los pies de pobladores originarios y cuya erosión no fuera otra que la dictada por la naturaleza autóctona del lugar. Así, previa partida, acumuló todos los planos que pudo de guías turísticas y centros de información y se fijó sólo en el espacio entre los puntos destacados. Áreas aparentemente lisas y de colores planos, como si realmente estuvieran hechas de la más insulsa nada. Convirtió esas tierras en su tablero de juego, asegurándose de que la sorpresa fuera máxima ante cada visión que tuvieran la suerte de enfocar sus ojos. Cuando, andando por esa nada tan rica en todo, se encontrara peligrosamente cerca de algún pueblo con encanto o parador pintoresco, lo rodearía no más cerca del límite al que llegara su vista, escalando montes o cruzando ríos si eso fuera preciso, para acabar dejándolo atrás sin interacción alguna. Sería su pequeño homenaje a la estoica resistencia calchaquí ante los invasores coloniales que acabarían por convertir esa admirada tierra en lo que consideraba un Disneyland para extranjeros acomodados. Ese era su plan más que su viaje ya que, a aquellas alturas, apenas llevaba un par de horas de trayecto.
Sucedió que en el camino se cruzó con un niñito ennegrecido por el sol y la mugre a partes iguales, ataviado con una curiosa equipación deportiva que algún día fue azul. El niño tiraba con fuerza y visible monotonía de las riendas de un burro grisáceo y tozudo que parecía encontrar cierta diversión al hecho llevar un paso ligeramente más lento que el de su conductor. La recompensa del viajante no se hace esperar, pensó por sus adentros, pues se sabía frente a la primera de un seguido de autenticidades portadoras de la esencia misma de los valles. El niño, el burro, el manto de polvo que se estampaba en sus caras… el conjunto era una píldora milagrosa perfectamente diseñada para comprimir en un trago todo aquello que andaba buscando en esa su odisea. Encuadró la visión con los dedos pulgar e índice de ambas manos y enseguida desenfundó la cámara de fotos réflex que le regalaron el día que quiso ser fotógrafo -dos días después de ese obsequio decidiría ser escultor y premiarían su iniciativa con un bloque de mármol de los Alpes Apuanos de seis por dos metros-. No les fotografiaba por la insulsa voluntad de querer mantener vivos los recuerdos, él estaba muy por encima de esta definición de fotografía. Su intención era más divulgadora que hedonista, pues se proponía usar esas fotografías para llevar el conocimiento a todas sus amistades de las diversas redes sociales en que se relacionaba con envidiable soltura. Como si de modelos en biquini se tratara, iba rodeando al niño y al burro, sacando de ellos fotos a ráfagas infinitas. Se agachaba, se ponía de pie e incluso se tumbaba en el suelo, en un afán admirable por encontrar un encuadre que hiciera justicia a cuanto veían sus ojos.
Pronto decidió que de los 200 retratos debería haber alguno que sirviera a sus propósitos y acordó proseguir no sin antes permitirse una excepción en su intención de no interactuar o alterar la vida de los valles. Generoso, sacó del bolsillo de su camisa un bolígrafo retráctil y, mostrándole con una sonrisa como el misterioso artefacto asomaba y escondía su punta con cada movimiento de pulgar, se lo ofreció desprendido al niño. ‘Tic-tac, tic-tac ¿Ves cómo funciona?’ le adiestró con voz cálida y acogedora.
En este punto el niño, ya decidido a corresponder a tal acto con una penetración rectal interespecífica -costumbres de la zona, supongo- hizo unos simples movimientos con su pequeña mano, muy experimentada en tales prácticas mamporreras, despertando en el animal una erección titánica. Cuando el desproporcionado miembro ya llegaba al suelo, provocando que sus patas traseras patalearan en el aire empujadas por el rosado punto de apoyo que, a modo de palanca, inclinaba el trasero del animal un par de palmos hacia arriba, sonó el inoportuno teléfono móvil que asomaba bajo la goma elástica de los pantalones del niño. Fue eso lo que salvó al intrépido aventurero de un severo desgarro y le permitió seguir con su viaje, aunque sólo fuera por unos metros más.
Los caprichos de la fortuna son impredecibles, mi respetadísimo camarada, y por esos antojos, esas piedras en el camino que Dios nos pone, y nunca mejor dicho, cuando aun andaba cavilando sobre el burro y el niño, ya ambos más calmados y siendo poco más que un desdibujado espejismo en el horizonte, no pudo reparar en una entrometida y vil roca que tuvo el apocalíptico destino de cruzarse en el camino de sus botas de montaña con tecnología Gore-tex, haciéndole tropezar y provocándole, no roturas óseas o distensiones musculares, pero si una dolorosa torcedura de tobillo cuyo crujir rebotó entre las surrealistas formas del valle.
Instintivamente miró a los lados, esperando la llegada en carrera del médico de la familia puesto al cuidado del joven heredero y cuya hora punta de trabajo solían ser los partidos de tenis en el club donde, como en este caso, las torceduras de tobillo eran la mayor plaga a temer, incluso habiendo impulsado la práctica de un nuevo deporte de su invención llamado ‘tenis de sofá’ cuyas características y reglas conoces perfectamente, aunque a veces pretendas lo contrario.
-Touché.
-Sin acritud, bien sabe que admiro más que cualquier otro ese don que tiene usted en lo que a las artimañas de estratega se refiere. Más sigamos.
Fue la elección de este osado trotamundos con ansias de conocer hacer este viaje sólo y buen trabajo le costó deshacerse de su docena de cuidadores como para ahora arrepentirse de ello. Solo e inmóvil permaneció en el suelo por unos minutos y, por si eso no fuera poco infortunio, sus intestinos empezaron a rugir con ensordecedor estruendo. El pobre desgraciado se moría de hambre y en la mochila apenas tenía unos potes de cocido de garbanzos, manjar demasiado pesado para un día tan caluroso, y una lata de caviar iraní que, como bien sabrá, sin tostadas es inconcebible y hasta blasfema su ingesta.
En este momento, sabiéndose derrotado por la brutalidad de los valles y con la solemnidad con la que se escriben los epitafios, se despidió de sus allegados mediante un mensaje de texto vía su teléfono 3G, vía una torre de comunicación de Tucumán, vía el satélite geoestacionario Arpa, vía la central de recepción de datos de la familia, que rezaba así: ‘Caído me hallo, bajo la implacable fuerza de la naturaleza en su estado más salvaje. Ninguno de los pesares que ya sufrí o que me esperan lograrán el más mínimo ápice de arrepentimiento en mi persona, pues las cosas que vi y viví me acompañarán siempre y el viento las convertirá en epopeya por los tiempos de los tiempo. Os quiero papi y mami’.
Los incontables minutos al abandono del valle dieron lugar a lo que alguno podría confundir con una ligera insolación debido a los 43 grados de puro fuego que llevan horas asando su cráneo, pero él sabía, y yo sé, que las luces multicolor y borrones circulares que atormentaban su visión no podían ser otra cosa que una experiencia mística, una ventana a un nivel superior en el que la muerte que le asediaba no era más que un trayecto en metro de un par de estaciones. Los escarpados picos multicolor se mezclaban como pigmentos en una gota de agua bailando a su alrededor en un espiral dentro de otro espiral que moría en una mancha de colores fluorescentes. Perdió de vista el norte y el sur y sintió como su culo se despegaba unos centímetros del suelo, empujado hacia el vórtice de la luz. Empezó a percibir una conexión completa y harmónica con el cosmos visto e intuido. Su consciencia, que no su cuerpo lastrado por la lesión, se preparaba para seguir el camino de luces de la vía láctea en viaje circular fuera del tiempo, peregrinando junto a otros muertos y siendo parte del infinito equilibrio del mundo.
Otro inciso, si me permite, y esperando por ello no desviar de la historia a su bien conocida capacidad de concentración: Tanto los habitantes del norte argentino como la gendarmería o los químicos farmacológicos te dirán que las hojas de coca que estaba por llevarse a la boca no tienen nada de alucinógeno ni estupefaciente, pero él estaba convencido de que los pocos centímetros que le separaban de tocar el nirvana con la punta de sus dedos residían en esa preciada planta.
Dicho esto, sacó un puñado de ellas de una bolsa translúcida y se las llevó a la boca, formando con la lengua una masa uniforme que cobijó en un lateral de su mandíbula. Pronto, pues en el marco temporal mundano fuera de su divina existencia no habían pasado ni cinco segundos, la naturaleza pura de cuyos jugos se nutría atravesó cada una de sus células para calar en su alma y echar raíces. Y allí empezó su verdadero viaje.
Le dio la bienvenida a esa orgía colorística una serpiente bicéfala que se retorcía a velocidad continua y mediante ángulos rectos mientras se alimentaba a su paso de las lucecitas brillantes que revolotean en el aire, recordándole a un juego de su primer teléfono móvil. A su alrededor, ángeles con plumas tropicales y uniformes coloniales, símbolos indudables de la lucha entre su estricta educación católica y su recién adquirida identidad calchaquí, danzaban chacareras al ritmo de los susurros del viento.
Con una mirada infantil, casi de recién nacido, contempló impertérrito como sus brazos empezaban a llenarse de un espeso pelaje terroso y una fuerza que provenía de cualquier sitio menos de sus músculos le puso de pie sobre unas enormes pezuñas. Sintió como sus colmillos se iban abriendo paso por entre la comisura de sus labios y ante sus ojos fue apareciendo un protuberante hocico puntiagudo cuyos acompañantes eran miles de aromas nuevas para él y que habían pasado inadvertidas hasta el momento. Fue al sentir la necesidad de levantar la pierna para mear cuando fue consciente de que se había transformado en un majestuoso jaguar -siendo sinceros, en aquel momento se confundió a sí mismo con un perro, aunque eso no viene al caso-. Ante sus ojos, en visión panorámica teñida de tonos sepia, vio al mundo que le rodeaba como si fuera el primer encuentro. Entendió cada movimiento, cada forma como un engranaje perfeccionista más preciso que cualquier de los relojes suizos de su colección. Nuevas verdades y recurrentes mentiras se revelaban como luces en la autopista y un aullido que se escuchó desde varios quilómetros de distancia quiso dar fe del grado de percepción al que llegó con sus nuevos y mejorados sentidos.
El instinto reprimido durante años y recientemente despertado por la transformación le empujó a cavar un pequeño hoyo, uñas y dientes mediante, que rellenó con los pocos alimentos que tenía, su reproductor de Mp3 y unos chicles sabor mentolado, ofrendando así a su venerada Pachamama. Usó los billetes que abarrotaban su cartera así como sus tarjetas de crédito para prender fuego al agujero mientras repetía una y otra vez: Inti, ñan, paña, pichana. Quizás las cuatro únicas palabras que conocía en Quichua y que vendrían a significar sol, camino, derecha y escoba; aunque lo verdaderamente importante de aquello era la comunicación directa y sincera con la madre tierra, la misma que le dio riquezas, la misma que le hirió e hizo caer. Se rebautizó como Wayra (viento), nombre al que respondió desde ese momento hasta el primer guantazo de su padre y estuvo largo tiempo charlando de futbol y economía con las formaciones rocosas de la quebrada, aun compartiendo poco o nada de su opinión sobre la recesión americana. Pasó los últimos instantes de su viaje, rebosante de adoración y estima, intentando hacer el amor con la escasa flora del lugar.
Antes de que intentara violar un cardone caído durante la última tormenta de arena, de detrás de los cerros escarpados, asomando bajo los cegadores destellos del sol, apareció la limocóptero, una innovadora patente en fase de pruebas de la empresa familiar que, para los poco entendidos en mecánica y aerodinámica, y aun sabiendo que este no es el caso, podríamos describir como una limusina de 20 metros de largo por 5 de ancho, dotada de asientos vibratorios, mini bar, jacuzzi, asador y piscina climatizada, con una gran hélice en la parte superior que le permitía volar grandes distancias a una velocidad de 150 nudos cargada con los 53 miembros de la estirpe familiar y los que estuvieran por llegar. La mitad del monstruoso engendro aterrizó cruzándose en la carretera, pues la otra mitad quedó colgando en el abismo a 600 metros de altura. Le encontraron cubierto de un barro agrietado y reseco –aunque hacía semanas que no llovía- y con una serenidad y claridad nada habituales en él. Les saludó cortésmente y entró en el vehículo. El rescate fue un éxito, si pasamos por alto que, por la fuerza cinética de las hélices, el vehículo arrancó doce algarrobos, aplastó una cría de zorro y provocó un ligero desprendimiento de tierra que dejó incomunicados y desabastecidos dos pueblos cercanos.
Para castigar tal falta de decoro, impropia de un rico heredero como él -pues a sus 22 años ya era rico y le esperaba una herencia que haría sonrojar a esa riqueza- su padre le obligó a contemplar sin siquiera pestañear so amenaza de cualquier otro castigo que se le pudiera ocurrir bajo las mismas normas, y así sucesivamente, como demolía el palacio de invierno de los Alpes que le regaló por su primera comunión con setenta disparos de cañones extraídos de su colección de armas coloniales.
Era un hombre severo su padre, pero también piadoso. Cuando la nube terrosa empezó a amainar, los 5.000 obreros egipcios a los que llamaba, sin signo alguno de discriminación, constructores de pirámides, empezaron de nuevo a levantar el colosal edificio piedra a piedra. Fecha de entrega mediados del otoño siguiente.
En secreto, y negándolo ante cualquier tipo de insinuación, su padre le tuvo una admiración idólatra hasta el día de su muerte.
-Anonadado me hallo. Bonito interludio nos regaló esta vez, mi admirado adversario. ¿Cómo vamos?
-15/30. Cinco juegos contra dos en el tercer set. A mi favor, si no recuerdo mal.
-Aplace sus hurras y celebraciones, mi estimadísimo señor, esto aún está lejos de acabar. Prepárese. Ponga el respaldo de su sillón en posición vertical. Me toca sacar a mí.
(N. del A.):
-Whipala: Bandera cuadrangular de siete colores usadas por algunas etnias de los Andes.
-Cruz escalonada andina: (o chacana) símbolo milenario originario de los pueblos indígenas de los Andes centrales.
-Coca: Planta con flor originaria de las escarpadas estribaciones de los Andes amazónicos, uno de cuyos alcaloides es la cocaína. Tiene un papel importante en las culturas andinas como analgésico o para combatir el mal de altura.
-Chacarera: danza folklórica propia del norte de argentina y la zona sur de Bolivia.
-Pachamama: (Madre Tierra) Principal deidad de las creencias religiosas propias de los pueblos indígenas de los Andes Centrales.
-Cardone: especie de cactus.
-Algarrobo: Especie de árbol de la familia de las leguminosas.

Joel Freixas Peracaula